dispérsense…

Alarma

ALARMA
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DESPIERTO

Por las mañanas camino a la oficina. Casi siempre camino. El autobús lo reservo para los días en que mojarse no es una opción o si las sábanas me han secuestrado más tiempo del planeado.
Me gusta subir andando a la oficina. Porque hay que aclarar que a la oficina subo y a casa bajo. Es lo que tiene vivir en una ciudad en la que la vida es en pendiente.
Y desde que empecé a subir, ya hace más de cuatro años, siempre me llamaron la atención los reflejos en una señal de tráfico a las ocho menos veinte de la mañana en otoño y primavera. Los focos de los coches proyectan la sombra de mi cuerpo sobre la superficie reflectante, fantasmal, casi a oscuras, en silencio, solo. Un momento después el sonido de las ruedas me acompaña hasta el paso de peatones. Y paso por donde me han pintado que pase. Es una gilipollez. Algo insignificante. Pero lo que más disfruto de todo el camino y casi del día. Oveja y espectro.
Si no fuese por esas malditas sábanas.

DUERMO

El resto de la mañana es en caída libre. Nada está organizado. Ninguna visita de clientes a la oficina está prevista. Ninguna llamada es deseada. Las gestiones se resuelven como mejor se puede, o quiere. A veces miro los post-it con calma y lo pego unos sobre otros, creando un gusano amarillo de llamadas y encargos al que le deseo unas febriles patas que lo alejen de mi escritorio. Los objetivos se convierten en folios y excels que se amontonan unos sobre otros con múltiples y pequeñas anotaciones que se escriben una vez y se leen ninguna.
De vez en cuando recibimos una llamada del jefe. Si puedo intento evitarla; decir que no estoy, que un cliente requiere mi atención, que el speed me provoca taquicardias,… No estar: es la solución.
Mi jefe es un inútil. Sonrie para parecerlo menos. Me habla condescendientemente y muchas veces da la sensación de que quiere estirar dos dedos de la mano derecha para darme la bendición sobre mi sumisa frente. Necesita su bula como el respirar, pero disfruta ofreciéndola a una plebe marchita. Hace pausas al hablarme con la misma precisión estratégica que un mono tipi. Ninguna estrategia. Pero le encanta. Y te mira. Y agacha la cabeza mientras espera que asientas espasmado y atónito ante la potencia de sus cuestiones y afirmaciones. Casi siempre me quedo sin palabras. No porque no tenga una respuesta, que muchas veces no tengo, si no por desear profundamente que ese infraser se de cuenta de lo exasperante que resulta la más mínima conversación con el. Pero sonrio y asiento. Y él sigue disfrutando.
Los compañeros son algo positivo. Parece manido, pero no lo es. Tengo y he tenido buenos compañeros. Algún capullo se ha cruzado en mi camino, pero mi mala memoria selectiva me hace vivir tranquilo y cómodo con mis traumas del pasado. El odio presente y actual dentro del cubículo común crea confraternización y jolgorio. El enemigo es otro y dispara con bombas de racimo a 90 grados en vertical del horizonte.
Empiezo a preocuparme de que sea mi jefe él que prime en mi mente 7 horas al día, 5 días a la semana. Voy a arrancarme la rentabilidad marginal por cliente. Voy a impagar mi vida.

DESPIERTO

Bajo. Y he olvidado toda la mañana. No hay nada que recordar.
El camino es rápido y húmedo. Con luz. Acabo de levantarme de la cama y tengo que desayunar. He tardado 7 horas en despertarme. Me quedan otras 7 para lamentarme de que sea tan aburrido despertar.