Domingo por la tarde.
Hemos pasado con pequeñas siestas y pequeños despertares. Pero dos palabras nos bastan para una fulgurante reactivación: Van Dyck.
Primeras insinuaciones a las 7 de la tarde. A las 8 comienza la “peregrinación”. Escala a por Iban y Diana (y para saludar a Capo, no lo voy a negar a estas alturas), y de paso nos llevamos a Angelito. Ya somos 5, son las 9 y media y enfilamos una calle llena de luces, olores y grupos de colegas. 2 horas y media de cañas, claras, costillas, lomos, pancetas, tostas, jamón asado, huevos rotos,…
Cualquier persona mínimamente vegetariana hubiese tenido arcadas con la primera insuflación del olor de toda esa carnaca junta. Nosotros estamos más que curados de espanto.
La vuelta a casa es más lastimosa, pero no por ello menos satisfactoria. Hemos cumplido nuestro objetivo: con 8 euros por cabeza hemos bebido, hemos comido y nos hemos echado unas risas. Ahora toca aflojar el cinturón y enfilar la cama.
Sólo me quedan tres días, pero que larga se me va a hacer la semana.