Peces naranjas
Tenía un montón de peces naranjas.
De esos peces que hay siempre en los acuarios, hasta en los acuarios mas pobres de barrio. Recuerdo una tienda, recuerdo una pecera grande en el escaparate a rebosar de peces naranjas, recuerdo uno tuerto. Yo tendría unos 10 años, salía de clase de piano, y aún lo recuerdo, un pequeño pez, cómo miraba al mundo por su gran ojo naranja. Recuerdo que pensé que nadie lo querría, a mis 10 años ya podía soportar la idea de la elección social, lo que vale y lo que no, la simetría como la perfección de la belleza. Son los típicos peces que se van pegando al cristal de la pecera y lo bordean, una y otra vez, hasta, supongo, que se cansan.
Eran muchos peces dentro de un vaso de plástico, sepultados unos por otros. Necesitaban agua. Estaban muriendo, unos bajo otros, aplastados. Corría al rio y llenaba el vaso de aguas verdes, pero no era suficiente. Seguían muriendo, alguno ya flotaba, lo tiraba, terminaba de eliminarlo, tenía que dejar espacio para los que aún vivían. Buscaba un vaso mayor, de cristal, una pecera para llenarlo de agua y que no murieran, pero cada vez quedaban menos en el vaso de plástico. Preguntaba a la gente por recipientes, mis amigos trataban de ayudarme. Quería que estos peces vivieran. Nunca te importa un pez hasta que no consideras que es “tuyo” o está bajo tu responsabilidad. Al día mueren infinidad de peces naranjas, pero estos no podían morir, la culpabilidad me asaltaría.
Despierto y pienso ¿Por qué no los tiré al río?.
Mina Murray
“Nunca te abandonaría por una cena caliente”
2 Comments