Supongo que dentro de unos días estaré algo cansado de ella (si es que consigue atrapar algo de la regularidad que el sol le ha robado completamente estos dos últimos y raros meses), pero de momento me ha hecho ilusión.
Chove… como dicen por toda la ciudad. Fuese donde fuese el tiempo era el comentario en la boca. De la lluvia aquí sólo se suele hablar para decir que es demasiada, o que “que envidia del sol” del resto de la España “estereotipada”, pero ahora todos hablaban de ella con añoranza y con necesidad. No erámos los mismos.
Chove. Mañana mojaré el traje al ir al trabajo. En las esperas en los pasos de peatones miraré antes al suelo, para hacer un rápido análisis de mis probabilidades de mojarme al pasar un coche, que mirar al frente para comprobar cuantas féminas con cara cansada y adormecida quieren venir hacia mi y aún más allá. Las piedras volverán a brillar en el suelo y el cielo de la ciudad descenderá miles de kilómetros a apenas un paso de mi cabeza. El orballo me acompañará a tomar el primer café de la mañana y, quizá, hasta a tomar el último. El sonido de los coches será distinto y los ecos de la ciudad también. Los sonidos sustituirán a las palabras, que sólo saldrán apresuradas al entrar en una cafetería mientras nos frotamos las manos y colgamos los abrigos en el resguardo.
Chove. Esperemos que lo siga haciendo un tiempo más. Nos hacía falta. Me hacía falta.
Chove en Santiago por fin.